Mi padre, de pequeño, me llevaba cada domingo al Pizjuán atravesando las calles de Nervión. Yo no recuerdo la edad que tenía, pero no debía despegar dos palmos del suelo, porque portábamos un banco plegable de madera, que se montaba como si de un mecano se tratase a base de cuñas, para que, subido en él, me pudiera agarrar a las barras de hierro que poblaban el anfiteatro del gol norte.
Desde entonces hasta hoy, y ya han pasado más de cuatro décadas, caminar las calles de Nervión enfilando desde lejos la silueta grisácea del Pizjuán cada domingo a la hora de los toreros es la escenificación más exacta que conozco del sentimiento sevillista.
En ese corto camino desde mi casa me asaltaban por sorpresa las conversaciones multitudinarias de los bares antes de comenzar el partido, los gritos de los aficionados calentando las gargantas y el orgullo de vestir la camiseta de mi equipo sólo para identificarme con un sentimiento que compartía con tanta gente a la vez. Era lo más parecido al camino de la gloria.
Envidiaba a mi padre porque él había visto la consecución de una liga y tres copas, había disfrutado cada domingo de las exquisiteces de la delantera stuka y había soñado cada noche con las filigranas de un rubio de oro llamado Juan Arza. Pero yo me consolaba con que, durante muchos domingos, disfruté jugando a dar balonazos a los muros del Pizjuán con el hijo del inolvidable Achúcarro, aquel medio fornido y de indiscutible pundonor que lloraba cada vez que era expulsado del terreno de juego por no poder seguir defendiendo los colores del equipo, y porque, cómo no, me embelesaban los regates inverosímiles de Baby Acosta, que dejaba el área contraria sembrada de cadáveres de caderas adversarias.
Hoy ha pasado mucho tiempo de aquello, el Sevilla ha conquistado siete títulos en los últimos años y se ha desvanecido por completo la anacrónica envidia a mi padre por haber disfrutado de las grandes victorias históricas. Recuerdo que el día que ganamos la primera copa de la UEFA lo llamé por teléfono nada más concluir el partido. “Gracias por hacerme sevillista”, le dije entre lágrimas.
Pero aún conservo intacto el mismo orgullo y la misma ilusión de aquel chiquillo que cruzaba en pantalones cortos los domingos el barrio de Nervión para ir a ver al equipo de sus sueños. A fin de cuentas, lo único que ha cambiado desde entonces ha sido el transcurso del tiempo.
Gregorio Verdugo
El blog de Jack Daniels
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Gregorio Verdugo es un periodista sevillano, trabajador de la empresa municipal de autobuses de Sevilla, Tussam, que un día creó un blog para, tras el seudónimo de Jack Daniel’s, contar al mundo historias acerca de las cosas que veía y vivía. Hoy es toda una personalidad en la red y, además, es un gran sevillista.
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Los pelos de punta
Genial, simplemente genial.
Gracias a todos por vuestros comentarios y twitts.
Y viva el Sevilla.
Se puede ser de otro equipo???