
Minuto 66 de partido en San Mamés, Babá entra sustituyendo a un Frederic Kanouté que se había retorcido minutos antes sobre el césped del coliseo vasco con gestos de evidente dolor. Minutos más tarde, nuestro entrenador Michel confirmaba en rueda de prensa que posiblemente tendría una rotura de fibras y a falta de más pruebas la opción de que no juegue maá en lo que resta de temporada es más que cierta. Y yo, como tantos miles de sevillistas hemos sentido una enorme tristeza cuando Michel ha pronunciado esas palabras.
Desde entonces llevo pensando en todo lo que he vivido desde que este enorme malí aterrizó en Sevilla con su aspecto sereno y su mirada sincera. Decían, la ingente cantidad de expertos que pululan en nuestra maravillosa ciudad, que pagar 6 millones de € por un delantero que marcó pocos goles en su periplo en la Premier League era arriesgadísimo. Pero cuando uno lo veía jugar se daba cuenta de que no hacia falta que marcase goles para ser una pieza clave en aquel Sevilla, siempre se ofrecía al compañero, siempre la tocaba con sentido y todo esto sabiamente aderezado con su plus de calma y serenidad, de pausa y de sosiego para hacer del fútbol una obra de arte.
Ya en su primera temporada contribuyó decisivamente a devolvernos la gloria que hacía demasiado tiempo que no tocábamos, formando un ataque con múltiples variantes con Javier Saviola, ambos delanteros acabaron la temporada con 29 goles en sus alforjas. En especial en una impresionante participación europea donde cada uno anotó 6 goles para alzar en Eindhoven aquella Copa de la Uefa que nos cambió la vida.
Incluso al gran Freddy parecía influirle aquel cambio, ya que en las temporadas venideras se destapó en el arte de perforar las redes rivales sin perder de vista a sus compañeros a los que apoyaba y asistía incesantemente partido a partido. Cada partido que pasaba su imagen, enorme de por sí, se engrandecía más y más cuando se asociaba con Renato en la frontal del área, cuando salía a recibir escorado a la derecha para aprovechar la omnipresencia de Alves o cuando alzaba la mirada y encontraba siempre a su Fabuloso compañero del gol presto para rematar. Anotando, final a final, sus goles de rigor como si de una liturgia se tratase para que toda la España futbolistica se girase hacia el sur y situara su mirada fijamente en el Ramón Sánchez Pizjuán.
Pero además de sus increíbles cualidades futbolísticas, contábamos con una persona de dimensiones siderales entre nosotros. Usando de una forma inteligente y respetuosa la fama que adquirió durante su carrera balompedística no dudaba ni un segundo en propulsar iniciativas solidarias con el país de origen de su familia o con cualquier otro acto social que estuviera destinado a causas nobles.
Si finalmente se confirma que esta temporada no va a volver a los terrenos de juego estamos ante la despedida futbolística de uno de los más grandes jugadores de la historia del Sevilla FC, si no el más grande. Alguien que llegó sin hacer demasiado ruido, en consonancia con su forma de ser y que a base de goles imposibles, remates certeros, pases medidos y controles exquisitos se ha ganado el cariño y la admiración de toda la afición sevillista y el respeto de todo aficionado a este deporte.
Hoy todo corazón sevillista ha perdido un poco de su alegría, aquella que tú nos diste durante tantos años. Sin embargo, hoy también es el momento de ponerse en pie y darte las gracias por hacernos disfrutar tantísimo. Ha sido un honor Frederic, créeme.



Buenísimo el artículo. Muy emotivo. Tanto casi como lo que merece el motivo de su publicación. Freddy ha dejado ya huella en la historia del Sevilla.
Pienso hacerme una camiseta que diga: “YO VI JUGAR A KANOUTÉ”.
Abrazos!
Si supierais la pena que tengo desde que lo vi echarse al suelo en San Mamés. Me niego a pensar, y espero que así sea, que Kanouté y todo lo que significa en el Sevilla FC se retire sin vestir de corto.
Enorme el post, Valen.
Salduos!