Hacía mucho que no andaban las aguas tan revueltas en la familia sevillista. Reproches entre una afición que defiende los mismos colores. Incidentes con jugadores del primer equipo. Una racha para olvidar con una sequía goleadora, y de puntos, de las que hace ya unos años no se recordaban por Nervión. Un entrenador que no da con la tecla. Algunos futbolistas que no se encuentran a sí mismos. Y además el club acaparando atención mediática por temas que nada tienen que ver con el fútbol.
Ante esta situación todo el mundo tiene derecho a optar por el pesimismo, pero al igual que la pasada semana escribía reclamando una demostración sobre el campo de quién es el Sevilla F.C, ahora creo que nos toca demostrar quién es el Sevillismo. ¿Recordáis a la afición llevando en volandas al autobús desde el Lebreros hasta el Pizjuán? ¿Y cuándo los alrededores de la Bombonera vibraban horas antes de los partidos ‘grandes’ a base de cánticos y palmas? ¿O cuando un estadio lleno sonaba al unísono cantando el precioso himno del Centenario? Pues de eso no hace nada.
El punto de inflexión fue allá por 2006. Creo que no recuerdo mal si digo que fue un 27 de abril en una preciosa noche de sábado de Feria. Todo el día el Real tuvo un solo color, el de nuestras camisetas. Y no voy a mentir, también el azul de los aficionados del Schalke se entremezclaba alegremente entre casetas y farolillos. Fue un día grande de convivencia y fútbol. Cuando llegó la hora de partir hacia la Bombonera éramos tanto que la Policía tuvo que cortar varias vías para que la marea sevillista se abriera paso desde Los Remedios hasta Nervión.
Nadie nos aseguró aquel día que Puerta nos abriría el cielo de par en par. Daba igual porque ya éramos enormemente felices. Daba igual porque ya éramos (y somos) del Sevilla. Posiblemente sin aquel zurdazo nuestra historia reciente no hubiera sido tan grande pero nuestro sentimiento no hubiera menguado lo más mínimo. Después de aquello llegó la gloria eterna para varias generaciones que solo habían visto a su equipo descender y ascender y habían celebrado alguna que otra clasificación para la UEFA. Generaciones muy afortunadas que tuvimos la oportunidad de vivir algo inigualable y de contarle a alguno de los nuestros que ya se encontraban en el Tercer Anillo lo grande que era y que es nuestro Sevilla.
Con esto no pretendo decirle a nadie qué tipo de sevillista debe ser pero sí recordar qué tipo de sevillistas hemos sido, somos y seremos. Una grada apasionada que siempre ha dado la cara en los momento más difíciles. Una grada que ha sido el jugador número 12 cuando los 11 que estaban en el campo se quedaban sin aliento. Una grada que nunca se rinde. Una grada que no tiene rival. Una grada que sabe que pase lo que pase no se puede ser de otro equipo porque solo existe un sentimiento en el mundo y ese es blanco y rojo.
Ahora mismo nos encontramos en uno de los momentos claves de la temporada con un partido de los que marcan un antes y un después: el derbi. Hace ya un par de temporadas que no nos vemos las caras con el eterno rival y hay ganas. No vamos a poder gritar tan alto como quisiéramos porque nos toca jugar ‘lejos’ de casa (posiblemente la distancia más larga siendo el desplazamiento más corto) pero seguro que los que acudan al estadio de la avenida de la Palmera darán la cara por todos. Seguro que el Sevillismo demostrará que su equipo nunca viaja solo.
Por eso pase lo que pase en este partido y en el resto de la temporada debemos demostrar que somos grandes. Un equipo no son ni su directiva ni sus jugadores. Un equipo es su afición porque es la que lo hace grande. Y nosotros siempre supimos cómo se hace eso. Nunca debemos perder la ilusión. Nunca debemos perder la alegría.
Foto: Almas Sevillistas
Raúl Bocanegra@Raul_Bocanegra en Twitter



