A tenor de la aparente paz que, gracias a Dios, va a acompañar a este próximo derbi, quiero narrar una anécdota no tan agradable y que, por desgracia, era lo habitual años atrás.
Corría el año 2001. La mediocridad sevillista era la nota reinante en esos años. Algo a los que nos tenían acostumbrados los Escobar, De Caldas, Carrión y demás de turno. Pero, por suerte (o esa era nuestra suerte tiempo atrás), tanto el eterno rival como nosotros nos acompañamos un añito en el infierno. El que a la postre terminaría con el Sevilla campeón de Segunda, y que, con Roberto Alés y Caparrós liderando el proyecto, sería el último de un ciclo para olvidar con un delicado tránsito al grandioso siguiente.
Una servidora se sacó su primer carnet del Sevilla con el dinero recaudado de su Primera Comunión, e iba a Gol Norte con su padre. Allí donde aún hoy no se sienta nadie en los partidos, donde aunque haga frío se siente el calorcito curioso de los incesantes cánticos de los Biris a flor de piel. Aquel derbi en el Sánchez Pizjuán, se jugó un domingo a las 12:00. Una hora magnífica, por qué no, para ver fútbol. La hora del Plus. Los ánimos, a pesar de que yo era relativamente pequeña (once añitos), recuerdo que estaban caldeados, como solía ser habitual en esos tiempos. Además, el partido de la primera vuelta acabó con el ya mítico 1-3 en el Villamarín, con dos goles de Nico Olivera y de Tevenet, y aquello escocía, y mucho.
En cualquier caso, y aunque finalmente quedamos 1-1 (Gastón Casas para los verdiblancos, de nuevo Tevenet para ‘los de colorao’), lo que a mí se me quedó grabado a fuego fue el camino de ida hacia La Bombonera, con mi padre de la mano, por la calle Benito Mas y Prat. Al acercarnos a la desaparecida puerta 25, se escuchó un jaleo, unos cascos a toda velocidad y unos gritos. Completamente atónita, observé cómo un grupo de supporters, huyendo de la escolta policial, se dedicaba a lanzar litronas de Cruzcampo por los aires a diestro y siniestro en los aledaños del estadio sevillista.
Mi padre me cogió de la mano, y salimos como alma que lleva el diablo buscando un sitio donde refugiarnos, hasta que dimos con la panadería del Supermercado MAS, que estaba abierta para nuestra salvación y la de unos cuantos aficionados más que veían cómo, en lugar de pasar el derbi botando en Nervión, lo iban a pasar con una brecha en Urgencias.
Eran otros tiempos, está claro que no tiempos mejores. Pero lo que quiero intentar transmitir con este post es que tenemos que intentar, ambas aficiones, que las nuevas generaciones entiendan que la rivalidad tiene un límite. Porque la mayoría de nosotros hemos vivido situaciones muy desagradables que no deben volverse a repetir. Miedo en un derbi, nunca más.
Y mucho menos, en lo deportivo.
A por ellos.


